25 de enero de 2010

Algunos recuerdos sobre Fontán y Cádiz

Eduardo del Pino, Profesor Titular de Filología Latina
[diariodecadiz.es]


Hace casi tres años, en el mes de marzo de 2007, recibía en Cádiz don Antonio Fontán el Premio Libertad del Club Liberal 1812. Dicen que la talla de los maestros se mide también por sus discípulos y sus continuadores. Don Antonio, como lo hemos llamado sus discípulos (en el sentido amplio del término), ha dejado profunda huella en el mundo de la política, en el de los medios de comunicación, y en el de la universidad. Y también en Cádiz. El pasado día 16 Enrique García Agulló, presidente del Club Liberal 1812, recordaba en Diario de Cádiz sus primeras reuniones con él en los comienzos de la Transición.

El papel de don Antonio Fontán en la consolidación de la monarquía parlamentaria de nuestro país fue muy relevante. Un dato sobre esto, aunque parezca anecdótico. El mismo día 16, en un nublado y frío día del invierno madrileño, recibía sepultura Fontán en el cementerio de La Almudena. Acudieron cientos de personas (tanta gente tan distinta y tan de acuerdo en acompañar en ese momento al mismo hombre). Estaban presentes muchas personalidades de esos tres ámbitos a los que principalmente se dedicó. Y también estaba (algo quizás inadvertido para muchos) su primer biógrafo: Jaime Cosgaya García, que decidió hace un tiempo preparar su tesis doctoral en Historia Contemporánea. El profesor Pablo Pérez de la Universidad de Valladolid no dudó en dirigir la investigación hacia una biografía de Antonio Fontán. Es significativo, por más que ya consagrados investigadores de la Historia Contemporánea, como el profesor José Manuel Cuenca Toribio, hayan escrito sobre el papel de Fontán en la política reciente de nuestro país. Muy posiblemente esa tesis se lea en este mismo curso, lo que promete un libro muy interesante para pronto.

Se han destacado diversos aspectos de la labor de don Antonio Fontán en la universidad. Ahora que se quiere valorar más las tareas de gestión de los profesores universitarios, quizás sea muy acertado recordar cómo él supo abrir cauces que han resultado con el tiempo especialmente enriquecedores. Y esto al frente de la Sociedad Española de Estudios Clásicos, o del innovador Instituto de Periodismo de la Universidad de Navarra; o también, en otro campo, al frente del malogrado (aunque bienlogrado) Diario Madrid. También lo hizo con publicaciones suyas, como aquel Artes ad humanitatem, o el conocidísimo Humanismo Romano, que señalaban hacia un ámbito de altísimo interés para el estudioso de la lengua latina y su literatura.

Entre tantos homenajes como Fontán ha recibido en sus últimos años, no es casualidad que el Instituto de Estudios Humanísticos (creado y dirigido por un catedrático, José M.ª Maestre, de la Universidad de Cádiz) quisiera en el año 2000 celebrar uno de sus congresos internacionales en homenaje a Fontán por su papel como impulsor de los estudios de Humanismo, uniéndolo así a los homenajes del Instituto a otros profesores pioneros como Antonio Prieto y los hermanos Luis y Juan Gil Fernández (este último maestro directo de tantos profesores de latín de Cádiz: de su Universidad y también de sus Institutos de Enseñanza Secundaria).

Muchas personas conocieron el despacho de don Antonio en la calle Fleming de Madrid. Ha sabido ser consejero de príncipes y de humanistas (y ya se sabe que el panorama social de los humanistas es variopinto). De aquel despacho repleto de libros salían sus interlocutores enriquecidos por su consejo o por su orientación, y siempre satisfechos por su talante de magnífico conversador. En una visita de un caluroso verano (que don Antonio sobrellevaba como un segundo Séneca) llevé a don Antonio un ejemplar de su último libro (Príncipes y humanistas) para que me lo dedicara. En la primera página escribió: "Para Eduardo Del Pino, varios lustros de relación amistosa continua, agradeciéndole el afecto que siempre me ha demostrado". Así de generoso era don Antonio Fontán. Supo ser maestro. Esta es la suma del haber (o mejor del deber) que tengo con don Antonio: esos cuatro lustros de fecunda relación entre latinistas, que se inició con una simple entrevista que yo le hice para una publicación universitaria (entonces concluía yo mi carrera de Filología Clásica), y que se consolidó con el tiempo. Desde entonces no he dejado de aprender de él, en lo profesional y en lo personal.

En los artículos que se están escribiendo en estos días se destaca su capacidad de diálogo, o su lealtad. A mí me gusta pensar en su generosidad. En cómo después de años de política, prensa o universidad, no parecía albergar resentimientos contra nadie. En su excelente buen humor, que mantuvo hasta el último momento (un humor que Antonio Burgos dice muy propio de la alta tierra de Guadalcanal, y que se enraiza también, creo yo, en su talante de cristiano sabio, o sea, humanista).

Se nos van marchando unos y otros maestros. En sus últimos días don Antonio estaba preparando una contribución para el homenaje a su buen amigo Antonio Caro, también profesor de nuestra Universidad y recientemente fallecido. De todo esto no podía imaginar nada aquel joven de seis años que fue llevado por sus padres, en 1930, a una recepción en el Hotel Playa Victoria de Cádiz. Como los guardamarinas estaban por llegar a la fiesta, sus padres lo dejaron quedarse un poco más. Pudo entonces conocer personalmente a don Juan de Borbón. Era 1930 y era verano. Y aquel niño que miraba el atardecer en la Playa Victoria no sabía que se iría a estudiar a Madrid; que sería catedrático de varias universidades; que fundaría varias revistas y le hundirían un periódico; que presidiría un Senado y firmaría una Constitución; que sería maestro de un Rey; que aún no habría muerto y ya habría una tesis sobre su vida.

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